martes, 10 de febrero de 2015

Plaza de Ramales

Plaza de Ramales

La plaza de Ramales es un espacio muy próximo a la plaza de Oriente del que salen las calles de Vergara, de la Amnistía, de Santiago, de San Nicolás y de Lepanto.
  
El nombre primitivo de este lugar era Plaza de San Juan ya que en este punto se levantó una de las iglesias más antiguas de Madrid, la Iglesia de San Juan Bautista, cuya construcción tuvo lugar en el Siglo XII.

La plaza se forma por los espacios obtenidos por los derribos urbanísticos de José Bonaparte entre 1810 y 1811.

El nombre de Ramales se le da a la plaza en recuerdo de la batalla de Ramales que fue la primera Guerra Carlista acaecida en 1839 en la localidad cántabra de Ramales de la Victoria, batalla que mantuvo Espartero con el pretendiente Carlos V de Borbón.

La plaza es muy conocida por ser el lugar de enterramiento del pintor Diego Velázquez. La antigua iglesia que contaba con varias capillas, una de ellas de la Orden de Santiago, congregación a la que perteneció uno de nuestros pintores más universales y afamados, Diego Velázquez.

La plaza de Ramales está flanqueada por dos residencias palaciegas. La de mayor antigüedad es la Casa-palacio de Domingo Trespalacios, obra del arquitecto Andrés Díaz Carnicero, fechada en 1768. Por su parte, la Casa-palacio de Ricardo Angustias fue comenzada en 1920 y terminada dos años después. Destaca por su torreón superior, de aires medievales, y por sus pinturas murales, que decoran los exteriores de las plantas más altas. En el espacio de esta casa existió antes otra en la que vivió Leandro Fernández de Moratín.

En el centro de la plaza se colocó una columna con una cruz de la Orden de Santiago, un monumento que nos recuerda que en algún punto, bajo esa explanada, se supone está el cuerpo del autor de obras tan importantes como Las Meninas o La Rendición de Breda. Otro detalle que nos pone tras la pista de este secreto es la placa que señala el nombre de la plaza y en la que aparece dibujado el propio Velázquez.
La Batalla de Ramales fue una de la Primera Guerra Carlista sucedida entre los días 17 de abril y 12 de mayo de 1839 en la localidad cántabra de Ramales de la Victoria (llamada así por esta batalla), el río Asón y sus alrededores y que enfrentó a las fuerzas liberales mandadas por Espartero, con las carlistas, a cuyo frente se encontraba el general Rafael Maroto.

Las fuerzas liberales, que inicialmente duplicaban a las de los carlistas, llegaron a cuadruplicarlas al mantener Maroto en reserva, sin llegar a emplearlos, a 8 de sus 17 batallones; esto y el hecho de haber ordenado capitular a los defensores del fuerte de Guardamino, que defendía el comandante carlista Carreras, antes de haber sido atacados y cuando se encontraban física y moralmente dispuestos a defenderse hasta el último extremo, hizo que el general carlista fuera acusado de complicidad con Espartero. Su conducta posterior hace que hoy se pueda asegurar que así fue.

Los carlistas se asentaban en Ramales y Guardamino y colocaron un cañón, "El abuelo", dominando la carretera desde una cueva, lo que impedía el paso de la tropa. Espartero encomendó al general Leopoldo O'Donnell el ataque de las fuerzas guarecidas en las alturas del Mazo y al general Ramón Castañeda el ataque contra los carlistas que dominaban la Peña del Moro. Ramales fue batido por la artillería de los isabelinos y estos sólo pudieron tomar el pueblo cuando se anuló al grupo carlista instalado en la cueva.

Hay varias versiones de cómo se logró. Para unos fue el guerrillero liberal Juan Ruiz Gutiérrez, alias "Cobanes", quien, arrojando paja, luego incendiada, les obligó a salir de la cueva. Otra opinión es que fue cañoneada durante siete horas. Finalmente se apunta, y posiblemente se ensayaron los tres procedimientos, que se utilizaron cohetes de guerra o incendiarios, llamados la "Congrève", en honor al coronel artillero que los inventó, los cuales llevaban en la cabeza un cartucho o proyectil que obligó a los 27 carlistas a salir de la cueva.

Ramales se conquistó pero quedó destruido por los atacantes y por los propios carlistas en su retirada a Guardamino, que posteriormente capitularía en extrañas circunstancias como ya se ha dicho. Rendidos los carlistas, el general Espartero arengó a sus fuerzas con estas palabras que figuran en la orden del día 13 de mayo:

“El enemigo no quiso aceptar vuestro reto para una batalla general. Encasillados en sus formidables posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia”.

De la dureza de los combates, llevados a cabo por ambas partes con valor y tenacidad, da idea el hecho de que las bajas llegaron casi a 2.000, repartidas equitativamente entre los dos bandos.

El pueblo quedó en ruinas y hubo que reconstruir después los puentes y las casas incendiadas, pero aquella gesta le valió llamarse, desde entonces, Ramales de la Victoria. El general Espartero recibió de la gobernadora el título de Duque de La Victoria por esta victoriosa batalla.

La pérdida de Ramales tuvo para los carlistas graves consecuencias, al verse obligados a evacuar el Valle de Carranza, perder la fundición de cañones de Guriezo y tener que abandonar las posibilidades de operar en tierras de Cantabria y, a través de ellas, poder invadir Asturias y llevar la guerra a Galicia.

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