jueves, 19 de febrero de 2015

Calle de San Millán

Calle de San Millán

La calle de San Millán toma su nombre de la iglesia que allí estuvo desde el año 1806 hasta 1869, cuando fue derribada. Transcurre entre la calle de Toledo y la plaza de Cascorro, en pleno Rastro madrileño.

Tras instalar en el solar, por orden del ayuntamiento, los cajones de verduras para venta al por mayor y menor que ocupaban la antigua plazuela cercana al mercado (plaza de la Cebada, entonces plaza de Riego), la parcela fue desalojada para iniciar las obras del edificio de viviendas que hoy conocemos, con entrada por el número 5 de la calle de San Millán y cuyo año de construcción es 1876.

Millán, también conocido como Emiliano (Berdejo, 473 - Monasterio de San Millán de Suso, 574), fue un ermitaño, discípulo de Felices de Bilibio, considerado santo. Las reliquias de ambos santos se conservan en el Monasterio de San Millán de Yuso.

Existe polémica sobre su lugar de nacimiento, hay tradición en Berceo (La Rioja) de que es natural de ese lugar, pero esto es muy poco probable ya que San Braulio relata que su villa de origen, Berceum, estaba en la diócesis de Tarazona. También relata que el obispo Didimo de Tarazona lo nombró párroco de Berceum, siendo ésta su localidad natal, lo que descarta por completo el Berceo riojano como su patria chica ya que un obispo no puede nombrar párrocos fuera de su diócesis. No obstante por el arraigo que tuvo tanto la persona como su culto en la Castilla del Ebro puede ser considerado también riojano. La localidad zaragozana de Torrelapaja también lo hace natural de allí en sus tradiciones.

Hijo de un pastor, Millán ejerció ese oficio hasta la edad de veinte años. Desde finales del siglo IV se dio con cierta frecuencia entre los cristianos de Occidente la conversión ascética. Millán fue uno de estos que eligió ser un eremita ascético en un lugar retirado. El sitio escogido fue en medio de una exuberante vegetación, en la vertiente oriental de la sierra de la Demanda, que separa la meseta del valle del Ebro. En la roca del monte excavó su propia celda y allí vivió como asceta hasta su muerte.

La iniciación como ermitaño la comenzó con otro eremita llamado Félix, del que se dice fue "varón santísimo" y con quien estaría tres años en los Riscos de Bilibio próximos a Haro. Después marchó a refugiarse en los montes Distercios o Cogollanos, rincón escondido en el que levantaría altares y donde vivió 40 años en soledad.

Sabedor el obispo Didimo de Tarazona de sus virtudes, le nombró sacerdote de su villa natal, Berdejo, cargo que ejerció durante tres años. Otros clérigos le acusaron de malgastar los bienes eclesiásticos, dada su generosidad con los menesterosos, por lo que se apartó a las cuevas de Aidillo, lugar donde se construiría más adelante el Monasterio de Suso. Rápidamente se le unieron otros clérigos: Aselo, Cotonato, Geroncio, Sofronio, etc., incluso una mujer llamada Potamia, venida de Narbona. Este grupo iría incrementándose en lo sucesivo.

Cerca del año 550, siendo rey Agila I, excavaron nuevas cuevas, colocadas en dos pisos que estaban unidos por un pozo, donde habitaba Millán. Allí falleció y fue enterrado a la edad de 101 años.

Con la llegada de los árabes no cambió nada en aquel lugar y sus alrededores. Las tierras de las cuencas del Ebro y del Duero eran tierras de nadie, habitadas únicamente por ermitaños como Millán.

Su sepulcro se convirtió en lugar de peregrinaje al que acudían condes y reyes castellanos para encomendar sus batallas contra los musulmanes.

El rey García Sánchez, tras inaugurar en 1052 el Monasterio de Santa María la Real de Nájera, quiso enriquecerlo trayendo los cuerpos de Santos de la comarca. Así el 29 de mayo de 1053 intentó llevar a dicho monasterio los restos de Millán sin conseguirlo, por el milagro de los bueyes que no querían continuar con el traslado.1 Por este milagro decidió construir un nuevo monasterio para albergar su cuerpo en el lugar donde los bueyes habían quedado parados, este sería el Monasterio de Yuso.

En la calle de San Millan esquina con la calle de Toledo, en el número 67 (hoy 61) de la calle de Toledo, estuvo el viejo café, abigarrado y chulón más simpático de Madrid: El Nuevo café de San Millán.

Inaugurado en diciembre del año 1876 por su dueño, Manuel Vidal Gallo, estaba dividido en dos partes: La del fondo que cobijaba a la clientela fija y la de la puerta, a los de paso.

Mucha y variopinta fue la parroquia de este café. Por él pasaron desde arrieros, tratantes de ganado, fresqueros (vendedores de pescado fresco) y trabajadores del vecino mercado de La Cebada hasta Pío Baroja y Nessi; cigarreras, verduleras, peinadoras, vecinas del barrio y casi toda la Generación del 27 con Maruja Mallo González (quien ganó en el año 1926 a Rafael Alberti en un concurso de blasfemias, celebrado en el café). Era este un lugar de tertulias y uno de los pocos espacios en que las mujeres podían reunirse abiertamente.

En el año 1884 el café cambia de dueño y de decoración. Su nuevo propietario, Julián Uruburu Goiri, transforma el local en un lujoso establecimiento que poco tenía que envidiar a los cafés de la Puerta del Sol y sus aledaños. Con cuidado exquisito el pintor Sánchez Pescador llevó a cabo pinturas en los techos con gran propiedad, representando las costumbres de la vida del café. Desde el toreo a la graciosa manola que saborean la leche “amerengada”, hasta el periodista que, ni aún en el café, deja la noble manía de arreglar el mundo.

Manuel Machado, hermano de Antonio, escribió en septiembre del año 1903 que en el café de San Millán celebró el torero Frascuelo (Salvador Sánchez Povedano) su fastuosa boda, pero erró en el dato porque lo que verdaderamente festejó el diestro fue haber conseguido uno de los mayores premios de la lotería del mes de julio de 1889. Allí se presentó Frascuelo el 1 de agosto, a las 11h. de la mañana, con unos amigos, invitando a los parroquianos del café a tomar lo que quisiesen. De inmediato corrió la voz entre los vendedores del mercado de La Cebada que fueron recibidos por el matador, apostado en la puerta del local, haciéndoles entrar para ser convidados. El mercado quedó vacío y la aglomeración en la plazuela de San Millán fue de tal magnitud que hubo de intervenir el orden público.

Otra reforma del café tiene lugar en el año 1891 en la que su dueño, Julián Muguruza, vuelve a engalanar la decoración del espléndido café añadiendo molduras, adornos y cuadros con reproducciones de calles y edificios de La Latina, del pintor aragonés Manuel Zapata, además de instalar luz eléctrica.

En el año 1903, el abuso de autoridad de los nuevos dueños del café de San Millán propició la primera huelga de camareros de Madrid, que se extendería por todos los cafés de la ciudad. Pero dos años más tarde, en 1905, la suerte sonríe a los trabajadores y parroquianos del café haciéndoles partícipes del tercer premio de la lotería de Navidad, que recayó en el número 15.554 y fue vendido por el fosforero Manuel Sevilla, que no se reservó participación alguna. El premio se abonó en una de las salas de tresillo de los billares del mismo café, el día 29 de diciembre, en la que se hallaban presentes el cerillero, un administrador de lotería y una pareja de seguridad mientras la mujer del vendedor que había repartido la suerte, ponía orden a la entrada del café.

El café de San Millán fue agraciado en otras dos ocasiones por importantes premios de la lotería. En el año 1915 otro fosforero llamado José Cando, vuelve a repartir participaciones de dos reales del número 28.535, agraciado con el segundo premio y en 1923 el gordo de Navidad recae en el personal de cocida del café, que jugaba un vigésimo del billete, correspondiéndoles la suma de quince millones de pesetas.

El Nuevo café de San Millán estuvo abierto durante la Guerra Civil Española, sirvió de comedor social para el barrio y debió cerrar entre las décadas de los años cuarenta o cincuenta. Hoy es sólo un lugar de paso a la salida del metro, aunque mantenga el nombre de café de San Millán; sus pinturas y cuadros se perdieron hace tiempo cuando cerró el antiguo. Los dueños del nuevo bar van con prisa, desconocen tanto su historia pasada como en qué año se reanudó el negocio de la cafetería, lo que no deja de ser triste para la historia de Madrid.

Actualmente, Café de San Millán se ha renovado completamente tras la apertura de un 100 Montaditos en la esquina contigua.  Siguen los camareros de toda la vida: eficientes y amables pero lo justito, sin demasiadas estridencias, que tampoco es que esté mal.

El sitio en el que está ubicado este café es desde luego envidiable, y más porque tiene una gran terraza que se mimetiza con el mobiliario urbano de su entorno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario