lunes, 2 de febrero de 2015

Calle de Toledo

Calle de Toledo

La Calle de Toledo es la calle que se usaba para el antiguo acceso de diversas mercancías y víveres procedentes de la provincia de Toledo a la Villa de Madrid. La calle comienza en la Plaza Mayor, llega hasta la Puerta de Toledo (1817-1827) y continúa hasta la Glorieta de Pirámides donde finaliza, enlazando con el Puente de Toledo. Su denominación toledana proviene del camino de entrada a la ciudad proveniente de la capital castellano-manchega.

La calle era en sus comienzos un camino por el que se abastecía a la Villa de Madrid. Conectaba la Plaza Mayor con el sur de la Villa llevando a los puentes del río Manzanares. Los campesinos de la provincia accedían por la calle llevando sus mercancías a los mercados del interior como lo eran el mercado de la Cebada y el de San Miguel. Sus casas fueron lugar de aposento, así como la vecina Cava Baja donde se encontraban la mayoría de los mesones, ventas y posadas de la ciudad. Corre de desde sus inicios paralela al rastro madrileño. Tuvo entre sus edificios el palacio de los condes de Humanes, el conde de Lerena. En 1630 vivía en la calle Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo (a la altura de la calle de la Colegiata). El Portal de Cofreros, la Colegiata de san Isidro (construida en 1651) y los Reales Estudios de San Isidro, que ocupan las antiguas dependencias del Colegio Imperial, son los únicos edificios de interés histórico-artístico de la época de los Austrias que se han conservado, además de "La Fuentecilla", levantada en homenaje a Fernando VII en la embocadura de la calle de Arganzuela, en 1814 (según la mayoría de los cronistas una de las más feas de Madrid).

El tramo más ancho de la calle, entre la Glorieta de la Puerta de Toledo y la Glorieta de Pirámides, fue antes llamado Paseo de los Ocho Hilos, por las ocho hileras de árboles que tenía en su origen, luego desaparecidas, permaneciendo solo la hilera de cedros del Himalaya en el centro.

El novelista Benito Pérez Galdós, en el primer libro de Fortunata y Jacinta, hace una descripción del ambiente pre-navideño en la calle de Toledo un imaginario 20 de diciembre de 1873.
"Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. (...) En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa; el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas."

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta (libro I, primera parte, cap. IX.1 )

No hay comentarios:

Publicar un comentario