viernes, 27 de enero de 2023

Plaza de Santa Cruz

Plaza de Santa Cruz

La Plaza de Santa Cruz es un espacio ubicado en el centro de Madrid. Es un punto de intersección de las calles de Esparteros, San CristóbalZaragoza, la Plaza de la Provincia (final de la calle de Atocha y comienzo de la Plaza Mayor por uno de sus arcos esviajados) y la calle de la Bolsa. La plaza era tradicionalmente un espacio de venta de figurillas de barro en un mercado navideño de nacimientos, panderos, zambombas. La plaza contenía un mercado de mujeres que ofrecían sus servicios de nodriza durante el siglo XIX.

La plaza existía durante el reinado de Felipe II siendo espacio de mercado de vidrios. En el año 1621 se ensanchó la plaza a costa de derribar unas casas de los vecinos a la Plaza Mayor. El nombre de la plaza se hereda de la antigua parroquia de la Santa Cruz cuya planta alcanzaba parte de la plaza y de la actual calle de la Bolsa. En la plaza se encontraba ubicado el Monasterio de San Tomás.

A comienzos del siglo XIX la plaza aparece como mercado de venta ambulante de vendedores pasiegos de telas (en especial de muselinas de contrabando), eran los denominados «prenderos». Tras la guerra de Independencia la plaza se convierte en un lugar de ofrecimiento y contratación del servicio de mujeres nodrizas, que curiosamente son también originarias de los valles pasiegos. Su ofrecimiento aparece en las secciones de anuncios por palabras de los periódicos madrileños de la época.

En la esquina de la calle de Atocha junto a la plaza de Santa Cruz se encontraba el colegio de Atocha.

El Palacio de Santa Cruz (actual Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación) fue antigua Cárcel de Corte. Durante el siglo XVIII fue denominado como Ministerio de Ultramar. A finales de siglo, las perdidas por España las colonias de Cuba y Filipinas, el inmueble se quedó sin funciones de embajada.

La plaza fue durante mediados del siglo XX fue un importante nudo de comunicaciones de la red de autobuses de la EMT, convertida ahora en espacio peatonal.
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Dice Pedro de Répide:

Entre las calles de Esparteros, San Cristobal, Zaragoza, plaza de Provincia y calle de la Bolsa

Esta plaza, una de las tradicionales de Madrid, conserva todos los años por Navidad su pintoresco aspecto de mercado de figurillas de barro, para componer los «Nacimientos», y de panderos, tambores, rabeles y zambombas con que dar ruidoso acompañamiento al cántico de los villancicos. 

Consta que en 1621 fue ensanchada la plazuela, a costa de unas casas de Diego de Cepeda y de Isabel Berga. En 1736 se concedió terreno a la parroquia de Santa Cruz para poner en comunicación la iglesia con la sacristía, y en 1831 se promovieron diferencias sobre la propiedad de un terreno que fue camposanto y quedó después para uso público. 

Toma su nombre porque en ella estaba la antigua iglesia parroquial de Santa Cruz, que hacía esquina a la que luego se ha llamado calle de la Bolsa. Fue en sus principios ermita, y después beneficio rural, poniendo en ella persona que administrase los sacramentos, pues ya se había poblado considerablemente el camino de Atocha, tanto que luego que fue parroquia de Santa Cruz, la que más tardes fue de San Sebastián estaba dentro de su vasta colación, hasta que hizo la recesión el licenciado Juan Francos, cura de Santa Cruz. Era tan pingüe, que se cogían en ella muchos más diezmos que en ninguna otra de la villa, y por serlo tanto, el cardenal y arzobispo de Toledo fray Francisco Ximénez de Cisneros, fundador de la insigne Universidad de Alcalá de Henares, creó anejo al Colegio Mayor de ella un beneficio que tenía esta iglesia, nombrando el rector y claustro persona que le sirviera. 

Fue iglesia mozárabe, como las de San Ginés y San Martín. Sufrió en 1620 un incendio, en el que perecieron ornamentos y papeles de sacristía; pero no padeció el templo, en el que se conservaban algunos enterramientos suntuosos, como el del regidor de Madrid y secretario de Felipe IV, que yacía en la capilla de la Asunción, fundada por aquel ministro. Otro sepulcro notable era el que había en el centro de la iglesia, y en el que reposaba Hipólito Odiscalco, embajador de los potentados de Italia, que murió repentinamente apenas llegado a Madrid, a los veintinueve años de edad, el 17 de diciembre de 1583. En el largo epitafio que le dedicó su pariente Jerónimo Magno Cabalio, decía que aquel hombre había «nacido para alcanzar inmortal gloria por sus hazañas», a no haberle arrebatado a las empresas guerreras la misión diplomática que le fue confiada, y a no haberle atajado la muerte en Madrid, donde apenas puso los pies, murió sin sazón y fuera de tiempo. 

El 9 de septiembre de 1763 hubo otro incendio de tal fuerza, que redujo a cenizas la iglesia entera. Reedificóse el templo utilizando los muros antiguos, y fue puesto de nuevo el Santísimo el 9 de agosto de 1767. 

La fachada principal era sencilla, y la portada, de granito, obra de José Donoso. Tenía dos columnas jónicas, y en el segundo cuerpo un bajorrelieve que representaba la invención de la Santa Cruz, ejecutado por D. Pablo González Velázquez. 

El interior era una cruz latina de cortas dimensiones. Estaba decorado con pilastras dóricas y triglifos en el cornisamiento, y en la capilla mayor había un suntuoso retablo de mármoles, compuesto de dos columnas corintias con basas y capiteles dorados y su coronamiento de buen gusto, adornado de esculturas. En el intercolumnio había un cuadro que representaba la Santa Cruz, delante del cual estaba la urna conteniendo el cuerpo del beato Rojas. 

Varias esculturas enriquecían la capilla mayor, que estaba adornada de pilastras estriadas, y tenía pintado al fresco el cascarón o mediopunto por D. José del Castillo, de quien eran dos de las pechinas, y las restantes de D. Ginés Aguirre. Entre las buenas imágenes que adornaban esa parroquia había un San Antonio, un Santo Cristo y una Virgen de la Soledad, de Mena. De este escultor era también una imagen de la Virgen de la Caridad, y de Luis Salvador Carmona, la de la Virgen de la Paz, regalada por la duquesa de Medina Sidonia; efigies pertenecientes a las Cofradías de la Paz y de la Caridad, que se hallaban en esa parroquia como se dirá más adelante. 

Famosa era la torre de Santa Cruz. Así como la de San Salvador se llamaba Atalaya de la Villa, aquella era conocida por el nombre de Atalaya de la Corte. En una y otra pagaba el Ayuntamiento las composturas del reloj, que era de su propiedad, y gratificaba a los sacristanes de una y otra parroquia por tocar las campanas cuando ocurría un incendio. La torre de Santa Cruz era muy alta, y habiéndose notado que estaba desplomada, fueron nombrados en 22 de mayo de 1632, maestros que la reconocieran, los cuales declararon que era preciso derribarla, como se verificó. 

Álvarez de Baena afirma que la nueva torre se empezó a labrar en 1627, y se concluyó en 1660 por el arquitecto Francisco del Castillo, de quien dice que en esa última fecha tenía ochenta años de edad. Sin embargo, Madoz niega estas fechas y sostiene, en vista de fehacientes documentos, que no fue así. Nombró el rey en 18 de agosto de 1632 superintendente de la obra a D. Francisco de Tejada, del Consejo y cámara del rey, y le sucedieron otros del mismo Consejo en el expresado cargo, hasta 1680. Habiéndose decidido que la mencionada torre se reedificase a toda costa, pagándose el importe con las sisas más prontas de la villa, se mandó en 13 de octubre de 1634 que empezase la obra, lo que aconteció bajo la dirección de Cristóbal de Aguilera, quien hizo la cepa y levantó el primer cuerpo; más habiendo ocurrido la muerte de aquél, pararon los trabajos, y en tal estado permanecieron por espacio de veinticuatro años. 

Varias solicitudes fueron presentadas por el cura párroco de Santa Cruz para que siguieran las obras, fundándose en diversas razones, como la necesidad de oír las campanas avisadoras de los incendios, y la que muchos vecinos sentían por la falta del reloj, alegando además que en beneficio de la villa, y para dejar más espacio libre en la calle, habían sido demolidas las casillas que fueron construidas alrededor de la iglesia para evitar que la inmundicia de las calles pudiese llegar hasta las paredes del santuario. 

Decía luego el mismo párroco que varios vecinos le habían proporcionado, sin interés alguno, mucho dinero. Reconociendo la villa su obligación de concluir la nueva torre, y tomando en consideración los perjuicios que su falta ocasionaba, asignó con real aprobación, en 1671, y por todo el tiempo que los trabajos durasen, una sisa sobre el carbón, cuyo producto anual se calculaba en 1.500 ducados; más pareciendo corta esa cantidad, se le agregó, por término de cuatro años, una adehala de treinta toros, que importaba otro 1.500 ducados. 

A beneficio de dichos arbitrios se terminó en 1680 la torre, en la que nunca se llegó a colocar el reloj, ni tampoco ostentaba, como la antigua, los blasones de la villa. Era de planta cuadrada, y constaba de cuatro cuerpos iguales, separados por impostas de piedra berroqueña, materia de la que eran también el zócalo, el almohadillado de mayor a menor en los ángulos y la cornisa. Terminaba con una linterna, y era su altura de 144 pies. Es tradición que la veleta de la torre de Santa Cruz venía a estar en línea recta con el cerrojo de la puerta de Santa Bárbara. 

En esta iglesia estaban, entre otras Congregaciones, dos tan célebres como las de la Paz y de la Caridad, que cuidan de la asistencia y entierro de los que mueren por sentencia de la Justicia. Dice Jerónimo de Quintana que estas Hermandades se trasladaron a ese templo en 1580; pero Álvarez de Baena puntualiza otras fechas. Dice que la de la Caridad compró en 23 de octubre de 1590 sitios para labrar capilla en esta parroquia, donde la construyó a los pies de su fábrica. 

La Congregación de la Caridad fue fundada por D. Juan II en la iglesia de la Concepción del Campo del Rey, donde permaneció hasta el reinado de Felipe II, en que pasó al Hospital de Antón Martín y de allí a Santa Cruz. El primer instituto de esta real Congregación fue el de dar sepultura a los ajusticiados y desamparados; pero como después se uniese a ella otra Cofradía que el año de 1500 había fundado doña Beatriz Galindo en su Hospital de la Latina con cargo de asistir a los ajusticiados y acompañarles hasta el suplicio con seis sacerdotes y un Santo Cristo, vino de ello el ejercer juntas toda esa obra de caridad, encargándose de los reos desde el punto que los ponen en capilla, que existe en las cárceles desde 1569, cuidando de que les asistan los religiosos que pidan, de darles de comer y de pagarles sus deudas, si no son cuantiosas, limitación establecida sin duda por no ser cosa de arriesgar dinero ni en los más trágicos y terribles momentos. 

Cuando había distinción entre los diferentes géneros de muerte por mano del verdugo, los cofrades de la caridad vestían a los reos la túnica con que habían de morir, si la pena era de horca, pues a los nobles que habían de padecer muerte de cuchillo o garrote era la villa la que les suministraba la chía negra, y últimamente les acompañaban al suplicio y les daban sepultura, a los ahorcados en San Ginés, en San Miguel a los de garrote y a los degollados en Santa Cruz, todo ello con las grandes limosnas que en tales días recogían de los fieles. 

La Congregación de la Paz, que por haberse unido a la de la Caridad la acompañaba en todas las obras de piedad, tuvo principio en el Hospital de la Paz, del que ya se ha hablado en la calle de este nombre, y pasó a Santa Cruz en 1587, donde tenía altar en el cuerpo de la iglesia, y después del gran incendio ya mencionado, se puso en él la imagen de su Virgen titular, que fue regalada por la duquesa de Medina-Sidonia, doña Mariana de Silva. 

En la esquina de la plazuela de Santa Cruz se levantaba, desde el momento en que la sentencia era notificada a los reos, un altar con el crucifijo que había de acompañarles en el suplicio. Celebrábanse misas por el alma de aquellos desgraciados a partir del instante en que eran sentenciados, y se fijaba en la puerta de la iglesia la tablilla de indulgencias concedidas a los fieles que asistían a esos sufragios. 

Todos los años el Domingo de Ramos iba el Ayuntamiento en comitiva a Santa Cruz, donde hacía una solemne función. Y la víspera de ese día, las Cofradías de la Paz y Caridad recogían las cabezas y miembros de los ajusticiados condenados al descuartizamiento y a ser puestos sus miembros en los caminos públicos, los cuales eran colocados antes de darle sepultura en el mismo altar portátil de la plazuela. Otro fúnebre privilegio tenía la iglesia de Santa Cruz. El de cumplir los fines que actualmente el Depósito judicial de cadáveres. Allí eran exhibidos los cuerpos de quienes morían por accidentes o violencia, expuestos en espera de que llegase alguien a identificarlos. 

Existió ese templo hasta hace unos años, y las vidrieras de sus ventanas altas se utilizaron para un pabellón que el archivo del Ayuntamiento tiene en el Almacén general de la Villa. 

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