lunes, 23 de febrero de 2015

Calle del Príncipe

Calle del Príncipe

La calle del Príncipe une dos de las plazas más bonitas de Madrid, la plaza de Canalejas y la plaza de Santa Ana.

Algunos autores indican que el nombre se debe al príncipe Felipe, futuro Felipe IV aunque la calle ya existía en tiempos de su abuelo Felipe II. Otros dicen que se debe al príncipe de Marruecos Muley Xeque, que al venir a España fue bautizado con el nombre de Felipe de África, siendo conocido como el Príncipe Negro y que vivió en la calle de las Huertas esquina a esta del Príncipe. Sin embargo, la calle se denominó así por el príncipe Felipe II niño que quizá pasara temporadas en el palacio de la noble dama que hacía de aya suya y que estuvo aquí situado.

Durante la Primera República todas las calles cuyos nombres estuviesen relacionados con la monarquía fueron sustituidos por nombre de personajes “afines a la causa". Durante un tiempo la calle del Príncipe se denominó calle de Izquierdo en recuerdo al General Rafael Izquierdo (1820-1882) que después de varios cargos desempeñados en las Antillas regresó a España y sofocó la revolución que estalló en Lérida y Tarragona. Más tarde, durante la Guerra Civil su designación oficial fue calle de Francisco Maciá recuperando en 1939 el tradicional nombre de calle del Príncipe.

En el pasado, esta calle era una de las más elegantes y frecuentadas de la Corte. En ella estuvieron ubicados el Corral de la Pacheca y el Corral del Príncipe, éste último en el lugar donde actualmente se alza el Teatro Español. Auténticos hervideros sociales de la época.

En el edificio que hace esquina con la calle de Manuel Fernández y González vivió en 1588 Prudencia Grillo, una hermosa chica de la alta sociedad, hija del banquero de origen genovés, que se enamoró del alférez Martín de Ávila. Ambos se las prometían felices hasta que él tuvo que partir a la guerra. Un trago especialmente amargo en el momento de la despedida. Él para intentar calmar las lágrimas de su amada le aseguró que si le pasaba algo, su espíritu atravesaría las paredes y, como señal, tiraría uno de los cajones de la cómoda al suelo.

Transcurrieron los meses y Prudencia no tuvo noticias de su pareja hasta que una noche, un extraño presentimiento interrumpió el sueño de la chica. Entonces, una sonora brisa invadió toda la estancia. Ella comprendió al instante lo que aquello significaba. Trató de apartar su mirada pero sus oídos no pudieron evitar escuchar el impacto del cajón contra el suelo. Días más tarde le confirmaban de manera oficial lo que ella ya sabía, Martín había muerto. En ese momento, Prudencia optó por ingresar en el Convento de Santa Isabel y dejar para siempre su vida cortesana.

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