lunes, 23 de febrero de 2015

Calle de Santa María


Calle de Santa María

La calle de Santa Maria está en el barrio de Las Letras, entre la calle del León y la intersección de la calle de Fucar con la de Moratin.

La calle es llamada así porque aquí estaba el retablillo de la Virgen de la Novena, que dió origen a la Congregación de los Actores.

Esta imagen se guarda en la iglesia de San Sebastián. Su primer nombre era Virgen del Silencio porque representaba a la Virgen durmiendo a su Hijo, el Niño Jesús, en el regazo y a San José y San Juan Bautista tras Ella. Este último tenía un dedo en los labios en actitud de silencio para que no despertaran a su primo Jesús, de ahí su nombre.

De la imagen se cuenta que en un principio estaba en la casa de Carlos Veluti, quien encargó la pintura en 1615, y la colocó en la esquina de la calle de las Huertas con la de Santa María, y fue maltratada y estropeada por unos herejes. El dueño de la casa mandó hacer una copia que puso en el lugar donde estaba la primera y sufrió los mismo daños, por lo que el dueño volvió a poner una tercera imagen naciendo así el fervor de la gente En 1624 fue trasladada a la iglesia de San Sebastián, tras curar después de una novena a la actriz Catalina Flores que no podía andar más que con muletas, desde entonces se llamó Virgen de la Novena.

Primitivamente llamada Nuestra Señora del Silencio, este cuadro, tan madrileño y clásico, tiene una historia azarosa. Se trata de “una imagen de pincel de Nuestra Señora con el Niño dormido en sus faldas, y san José y san Juan”. San Juan Bautista, niño pone el dedo índice sobre los labios indicando silencio, para no perturbar el descanso de Jesús. El lienzo fue mandado pintar por Carlo Beluti, florentino, casado con María de Haro, ambos personas piadosas que vivían en el barrio llamado “el mentidero de los cómicos”, por los muchos que pululaban en los alrededores de los corrales de la Pacheca, de Burguillos y de Cristóbal de la Puente trayendo dimes y diretes. El matrimonio ocupaba una de las casas que hacen esquina entre las calles del León y de Santa María, y en esa esquina, mandaron construir un camarín –más bien un tejadillo que sirviera de protección- donde colocaron la imagen con una lámpara que siempre mantenían encendida. Se puso el cuadro el 2 de febrero de 1615, festividad de la Purificación de María. Al año siguiente, y a dos pasos del lugar, moría Miguel de Cervantes.


El 24 de marzo de 1623, víspera de la Anunciación de Nuestra Señora y noche de la llegada a Madrid de Príncipe de Gales, tuvo lugar la profanación de la imagen, dándole pedradas, puñaladas y estocadas. El pueblo se indignó ante un hecho tan insólito, y la Santa Inquisición retiró la imagen.


Carlo Beluti había muerto el año anterior. Su hijo Pedro, con quince años, fue quien se encargó de poner en el camarín un cuadro similar al primero el 2 de julio de 1623. Cuatro meses más tarde se repetía el sacrilegio, atravesando con un corte el rostro de María Santamaría. Volvió a retirarlo la Inquisición, y fue entonces cuando el conde de la Puebla de Montalbán lo pidió a su tío, el Inquisidor General y obispo de Cuenca, don Andrés Pacheco, quien se lo dio para su oratorio privado, donde recibiría la veneración debida. En el camarín se puso una segunda copia, obra realizada por Francisco Lombre, discípulo de Carducho, el 18 de diciembre del mismo año.

Pero la fama de esta Virgen viene de su milagro en la persona de Catalina Flores. Era esta mujer de Medina del Campo (Valladolid) y estaba casada con el quincallero santanderino Lázaro Ramírez, de quienes nacieron Bernarda y Ana. Estando en Ocaña le sobrevino a Catalina un tercer parto, del que quedó tullida, teniendo que andar sostenida por un bastón durante meses. Fue a más la dolencia, acabando por ir con muletas y sin poder acompañar a su marido de pueblo en pueblo vendiendo baratijas.

Tuvo que pedir limosna en Madrid, y como sentía gran devoción hacia la Virgen del Silencio, se colocaba todos los días junto a ella. Un día la reconoció un matrimonio de actores –Bartolomé Robles y Mariana de Varela-, pues había trabajado tiempo atrás para ellos y compadecidos la socorrieron y recogieron a las dos niñas, una de las cuales, Bernarda, de ocho años, llegó a ser años más tarde una excelente actriz.


Pero por entonces Catalina había llegado a la plenitud de la angustia física –creía quedar paralítica- y anímica, pues estaba sola, ya que su marido seguía vendiendo por los pueblos y no tenía a sus hijas consigo. El porvenir se le presentaba aciago. Pero no era mujer que se dejara amilanar por el dolor, sino que puso en ejercicio su fe e hizo una Novena con particular devoción a la Virgen del Silencio. El último día, el lunes, 15 de julio de 1624, se quedó dormida junto a la imagen, y al despertar, sobre las dos de la tarde aproximadamente, se sintió curada. Desde ese instante, se hizo muy célebre la imagen, y se la llamó la Virgen de la Novena.

Una semana después del hecho, el 21 de julio, se trasladó a la parroquia de San Sebastián, “porque ya en las paredes donde estaba no cabían las muletas, brazos y piernas, velas, ni la calle de devotos y afectas de la Santa Imagen”; y en 1631 la tomaron como Patrona los Cómicos a cuya Congregación se traspasó en 1632 la propiedad del cuadro a condición de que no se mudara de aquella iglesia.

En 1664 se vendió “un pedazo de sitio del cementerio que tiene y sale a la calle de las Huertas, a la cofradía de Nuestra Señora de la Novena para labrar la capilla en él, con todos los aprovechamientos de piedra verroqueña que tenía en el pretil que miraba a la calle excepto dos bolas grandes, que éstas quedaron para la Dcha fábrica, con calidad de que el altar colateral de la cha cofradía tenía con seis sepulturas a ser propio de dha fábrica”, se entiende la de San Sebastián.

Pero el comienzo se dilató mucho y mediaron pleitos antes de que se comenzara. Se hizo, efectivamente, en el lugar del cementerio que salía por detrás hacia la calle de las Huertas, donde hoy se encuentra una venta de flores. La construcción se acabó en 1673 y es obra de Juan Fernández. Si del día de la primera piedra se dice que “ubo aquel día mucho concurso, al toque de las campanas, chirimías y cuetes”, podemos imaginar cómo fue el día inaugural, aunque llovió mucho y hubo que retirar los altares puestos en la calle. Hubo predicación numerosa, corales, música, “el armonioso estruendo de campanas y morteretes, caxas y luminarias, por ser cosas precisas –dice quien escribe- en semejantes funciones”. Y todo ello durante nueve días.


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