miércoles, 18 de enero de 2017

Calle de Bailen


Calle de Bailen

La calle de Bailén es una de las principales vías de Madrid. Se encuentra entre la Plaza de España y la plaza de San Francisco. Transcurre por delante de la fachada principal del Palacio Real. El primer trozo que se abrió de la calle fue el comprendido entre la cuesta de San Vicente y la plaza de la Marina Española.


Estos terrenos eran del prior de San Martín, y Felipe II, no queriendo que nadie edificase en las cercanías del Alcázar sin su consentimiento, hizo que cuantos habían comprado algunas de esas tierras al prior se las vendiesen al Real Patrimonio. No tardó, sin embargo, en comenzar a quebrantar su propósito, cediendo a las súplicas de doña María de Córdoba y Aragón, que deseaba levantar su colegio de la Orden de San Agustín, como no tardó en realizarlo.


Se llamó calle Nueva, calle Nueva de Palacio, calle Nueva que va a Palacio y Regalada Nueva, ésta última por la casa que existía en la esquina con la calle del Río, denominada La Regalada, donde se guardaban los caballos regalados a los reyes. Se llamó también Caballerizas Nueva, porque éstas estuvieron situadas donde hoy están los Jardines de Sabatini. Desde 1835 recibe el nombre de Bailén en recuerdo de la victoria del general Francisco Javier Castaños sobre las tropas francesas en Bailén, durante la Guerra de Independencia.

Al comienzo de la calle se hallan los Jardines de Sabatini, que ocupan el solar de las antiguas Caballerizas, construidas por Francesco Sabatini. A continuación se levanta el Palacio Real, construido por Sabatini (entre otros arquitectos) en el mismo lugar donde se alzaba el Alcázar de los Austrias, destruido por un incendio en la Nochebuena de 1734. Y, haciendo esquina con la cuesta de la Vega está la Catedral de la Almudena, inaugurada en 1992 por el Papa Juan Pablo II.

La calle de Bailén cruza la calle de Segovia gracias al Viaducto que comunica el antiguo cerro del Palacio Real con el de las Vistillas, donde se hallaba el barrio moro. En la acera de enfrente, esquina a la calle del Río se construyó en 1992 la ampliación del Senado y en la esquina con la plaza de la Marina Española se halla el Palacio del Marqués de Grimaldi, también llamado Palacio de Godoy.

La idea de unir el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande por medio de una gran avenida fue abordada por primera vez en tiempos de los Borbones. Así, la orientación norte-sur del nuevo Palacio Real que había proyectado Juan Bautista Sachetti en 1736, apuntaba la necesidad de conectar la entrada sur del palacio con una gran avenida que salvara el desnivel del barranco de la calle Segovia, consiguiendo con ello una entrada majestuosa y monumental.

El problema radicaba en el elevado coste de la obra y la gran cantidad de tierra que habría que mover para conectar la Plaza de Armas con las Vistillas. Durante el breve reinado de José Bonaparte, el arquitecto real Silvestre Pérez apuntó como solución práctica, para resolver el desnivel que generaba la vaguada de la calle de Segovia, la construcción de un colosal viaducto en la misma proyección que el eje de la fachada principal de Palacio, pero la falta de recursos hizo posponer la idea.

A mediados del siglo XIX se volvió a retomar pero, como señalaría Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid (1876), de manera más provechosa para los intereses generales y la pública viabilidad, esto es, trazando un viaducto que no sigue el eje del palacio, sino como prolongación de la calle Bailén, uniendo los barrios de Palacio y San Francisco.

Entre 1872 y 1874 el arquitecto Eugenio Barrón construyó el viaducto con una innovadora estructura de hierro y madera, como parte de un proyecto de reforma general de la calle Bailén que se había aprobado en 1861 y que había tenido su origen en las demoliciones que realizó Bonaparte en el entorno de la fachada oriental del Palacio Real. La remodelación de la calle de Bailén hasta su encuentro con la iglesia de San Francisco concluyó en 1883 e implicó la demolición de otras tantas casas de esta parte de la ciudad y de algún edificio singular, como la Iglesia de Santa María de la Almudena, la más antigua de Madrid y según cuentan las crónicas había sido mezquita durante época árabe.

Durante la Segunda República el ayuntamiento convocó dos concursos públicos, uno en 1931 y otro al año siguiente, para construir un nuevo viaducto que sustituyera al que realizó Barrón, puesto que ya había sido necesario reformarlo en varias ocasiones (1921 y 1927). El proyecto ganador fue el presentado por los arquitectos Ferrero, Aracil y Aldaz, consistente en una obra racionalista de hormigón armado pulido, formada por tres bóvedas de 35 metros de luz y cuatro nervios. Las obras se prolongaron hasta 1934, aunque de nuevo en 1942 hubo que reconstruirlo por los daños que había sufrido durante la Guerra Civil.

En 1975 fue cerrado al tráfico y se barajó la hipótesis de derribarlo y remplazarlo por uno más moderno, aunque en última instancia se decidió mantenerlo y restaurarlo (1977-1978).

El viaducto tiene muchas leyendas, casi todas derivadas de la altura que le separa de la Calle Segovia (23 metros) y en personas que han perdido la esperanza de seguir viviendo. Cuenta una de ellas que en el siglo XIX una joven de muy buena familia, de nombre Bárbara, se fue a enamorar de un joven sucio y pobre. Éste era un amor prohibido y escondido, los padres de Bárbara nunca lo entenderían y así lo llevaron hasta que un día los padres lo descubrieron por lo que prohibieron a su hija ver y estar con aquel joven. Bárbara quedo tan deprimida que se acercó a aquel puente del S.XIX y se lanzó al vacío.  

Como los vestidos de las jóvenes muchachas del siglo XIX tenían amplias faldas, la suya se hinchó en la caída como si fuese un paracaídas con lo que el impacto con el suelo fue leve. Únicamente se partió un tobillo. Una versión más realista del suceso cuenta que su vestido se pudo quedar enganchado en unos árboles, salvándose de esta manera.

Bárbara se salvó con mucha fortuna y los padres recapacitaron y dieron permiso a nuestra protagonista a casarse con su humilde pretendiente. Dice la leyenda que fueron felices y tuvieron, nada más ni nada menos que catorce hijos. 

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